Aclaración

Algunos relatos son adaptaciones de sucesos de la vida real. El nombre de los personajes y los sitios donde ocurrieron han sido cambiados; mientras que otros son pura creación, por lo que cualquier similitud con la realidad y sus protagonistas es sólo una simple coincidencia. Los nombres usados no hacen referencia a ninguna persona de existencia real en particular, y sus homónimos son totalmente ajenos a la historia que se cuenta.
Las ilustraciones han sido tomadas de la web y pertenecen, en algunos casos, a muralistas y otros son cuadros de Ernest Desclaz.

domingo, 11 de marzo de 2012

El hacedor de cuchillos (549 Palabras)


 
Ensimismado en el desordenado taller, el hábil artesano bruñe la hoja de perfilado acero. Casi con devoción busca en su brillo, la arista de luz que le imprima la sutil belleza de las joyas bien logradas.
            En ese ritual que le es inmanente y que lo ayuda a liberar las fantasías enredadas en las formas y los tamaños, la gira una y otra vez  entre sus dedos, tratando de lograr ese delicado equilibrio entre la idea y la estética.
            Luego la dejará ser  lo que ella misma le sugiera.
            Algunas veces son bailarines clásicos que contonean su silueta casi con delirio; otras veces son toreros sus cuchillos, que se arquean esquivando cuernos en la arena de sus manos ennegrecidas. Y los viste según los percibe, encabándolos en ébano, oro o plata fina; con sus respectivas vainas haciendo juego. Es parte de la tarea pero es, al mismo tiempo, otro oficio.
            Volcado sobre el yunque va labrando la pieza con delicados movimientos. Sus anteojos de grueso marco, calzados en la punta de la nariz, acortan distancia entre la percepción y el ingenio. Cuando frunce el seño, sus pobladas cejas negras se parecen a un tordo en vuelo. Un delgado hilo de baba le cuelga de la comisura de sus labios torcidos. Está en otro mundo; quizás en el mundo de los elegidos.
            Y así, en ese estado de éxtasis, el orfebre los va cargando de la energía emocional de quien da a luz un hijo. Cada cual tendrá su impronta, cada uno su destino.
            El gallego Rudesindo Pradón, hacedor de cuchillos, como él mismo se presenta, siente además que tienen alma. Por eso les habla. Los alaba o reniega de ellos según su estado de ánimo; les cuenta sus cosas y les hace preguntas que él mismo contesta, en un diálogo coloquial y esquizofrénico.
            –Ninguno de ustedes se parece al amor  -les dice- ¿saben por qué? porque el amor es arma de doble filo.

            “–Ustedes son como la ingratitud, van ocultos en la vaina.

            “–Son como el engaño, parecen joyas pero son la herida misma.

            “– O acaso son como las culpas, que en un descuido lastiman.

            –Entonces, ¿por qué nos fabricas?  -imagina la pregunta.

            –Porque son mis estigmas  -les contesta y se contesta.

            El último hijo que engendraron sus hábiles manos fue un torero. De esbelta figura y arqueada silueta, vistió un traje de plata con filigranas de oro y llevaba sus iniciales entrelazadas en la empuñadura. Quería regalárselo. De esa forma saldaría una vieja deuda con su conciencia.
            Habiéndolo terminado, lo miró con dulzura.
            –Al fin te tengo -le dijo, haciéndolo dar volteretas en su mano-, ¡ya eres mío!

            – ¡No!  -dijo el cuchillo-, ¡yo soy libre!

            – ¿Cómo se te ocurre? Eres el fruto de mi pasión y mis desvelos -retrucó Rudesindo poniéndose erguido.

            – ¡No! -dijo el torero con gallarda hidalguía-, ¡yo soy el señor en la aridez de tus rodeos!

            – ¿De dónde sacas eso?  -preguntó el hacedor confundido.

            –De tus propios deseos  -respondió el bizarro-, y parado en la punta de sus pies, levantó en alto las banderillas.

            – ¡No! ¡No la hagas! -suplicó Rudesindo sudando frío.

            Y en una última embestida, con el aliento retenido en sus pulmones, le dio la estocada final hundiéndosele en el pecho.
            Era el amanecer. A lo lejos cantó un gallo.

1 comentario:

  1. Eduardo:
    al fin y al cabo, siempre que nos lo propongamos, seremos los dueños de nuestro destino final.
    Saludos.

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