Aclaración

Algunos relatos son adaptaciones de sucesos de la vida real. El nombre de los personajes y los sitios donde ocurrieron han sido cambiados; mientras que otros son pura creación, por lo que cualquier similitud con la realidad y sus protagonistas es sólo una simple coincidencia. Los nombres usados no hacen referencia a ninguna persona de existencia real en particular, y sus homónimos son totalmente ajenos a la historia que se cuenta.
Las ilustraciones han sido tomadas de la web y pertenecen, en algunos casos, a muralistas y otros son cuadros de Ernest Desclaz.

viernes, 3 de octubre de 2014

Punto final


Ese día había ido resuelto a terminar con ella. Ya no la amaba. El perfume de su pelo, sus labios siempre dispuestos al beso y esa sonrisa con la que me recibía en cada cita, inexplicablemente habían perdido el encanto. Si alguien me preguntara cual es la razón de ello, no sabría responderle, ni yo mismo encuentro la repuesta, pero es mejor para ambos –me dije – que sea ahora, antes que la herida sea lacerante. Llegué y traté, esforzadamente, de mostrarme hosco. No era esa la manera habital de llegar, pero tenía que disparar el momento. Apurar los tiempos. Su sonrisa, sus labios dispuestos al beso y el aroma de su pelo, me envolvieron por completo, pero no me importó. Era ahora o nunca. -Debemos terminar esto –le dije sin rodeos-. Siento que ya no te amo y prefiero asumir este momento, antes de causarte daño; después de todo, no lo mereces. Inexplicablemente, su sonrisa no se desdibujó ni un milímetro.Sus labios, lejos de temblar como una pajarillo herido, buscaron los míos y su negro pelo destilaba como nunca el aroma de mil madreselvas encendidas de idilio. Traté de apartarla apoyando con suavidad mi mano en su pecho y cambié la cara mezquinando mi boca. -Vamos –le dije-, todo ha terminado. -Vamos- me respondió- y nos alejamos. Volví a mi casa y respiré aliviado. No había sido tan traumático, después de todo –pensé- y tomé un libro para que me ayudara a conciliar el sueño. Cerca del día, desperté sobresaltado. Me pareció que alguien o algo rosó mi cara y un olor a madreselvas se instaló en mi nariz de manera persistente. Me levanté de un salto. Me vestí y salí corriendo, instintivamente, al lugar de los encuentros. Pensé lo peor y un dejo de culpa empezó a ganarse en mi pecho. La ciudad me parecía vacía, la luz de las farolas de la plaza, otrora tan nuestra, eran mortecinos pabilos bajo la niebla matinal de Julio y, al frío de la madrugada, se le sumaba el desconcierto y la locura que había empezado a rondar mis pensamientos. De repente vi su silueta pasar por detrás de las glorietas y otra vez el aroma de su pelo suelto me asaltó los sentidos. Grité. Primero fue un alarido, luego alcancé a balbucear su nombre y después, un dolor taladrante me perforó el pecho. Una tromba enmarañada de luces y sombras me fue tragando, y un calor sofocante me asfixiaba sin clemencia. Desperté de nuevo y busqué reconocer los rostros entre las figuras humanoides que me rodeaban. Todo era confusión y preludio de muerte, hasta que vi, en el suburbio de la vida, su sonrisa indefectible y sus labios inexorablemente dispuestos al beso, que llegaban a rescatarme de la tumba. -Vamos –me dijo-, todo ha terminado. -Vamos –le respondí- y nos alejamos.

sábado, 12 de abril de 2014

FUGA







Era de tarde, el sol arremolinado entre las nubes bajas, esparcía con dificultad sus últimos rayos. El otoño es la mejor estación del año – me dije – y mientras miraba el ocre dorado de las hojas que se entrecortaba en el ocaso, pensé: Es ahora cuando la vida, acariciando casi los umbrales de la muerte, duerme su sueño de esperanza. ¿Será acaso un acto de arrojo para demostrar su vigencia?  Pero… ¿qué es la esperanza?  Y me quedé con ese pensamiento horadando la piel de mi espuria filosofía,  hasta quedar dormido. Esa noche, mientras la masa muscular ocupaba los tibios rincones de la cama, desdoblé mi existencia y salí a ahondar en los misterios que tanta veces me angustiaron. ¡Voy en busca de la esperanza! le contesté al viento que, silbando, parecía interrogarme, mientras abría grande los ojos de la tormenta que lo habitaba. Y me fui. A hurtadillas por entre los interrogantes, fui recogiendo las respuestas que dejaron pisoteadas las hordas de ingenuos, que alguna vez pasaron por este mismo trance. No pudieron descubrir su escondite y dejaron todo tirado, contaminando las ilusiones, sin pensar que ellas son un recurso no renovable. Imbéciles, pensé, inmisericorde.
Yo tengo otro plan: no voy a buscar refugios inescrutables, voy, en cambio, a asaltar los laberintos que va dibujando a su paso;  y le voy a ganar la puerta por donde habitualmente se escapa. Quien alguna vez perdió la esperanza, sabe que su piel, húmeda y escamosa, lastima las manos cuando resbala. Tiene espinas envenenadas de angustia que se clavan y marchitan el alma. ¡Tonto! ne gritó de atrás un “pájaro astilla” que, prendido a una rama, zamarreaba el árbol para voltear una fruta un tanto descarnada. ¡Estamos en otoño! le contesté con una leve sonrisa, sin saber si era a mí a quien había insultado. Al volar, dejó caer la fruta a mi lado. No quise tocarla; puede ser la tentación – pensé - y seguí de largo. Cuando arribé a lo que parecía ser un valle, me deslicé por entre las hojas amarillentas de los helechos que tapizaban las laderas, buscando el agua humeante del arroyuelo que  infringía las leyes con su silencio. Todo arroyo es cantarín entre las piedras, menos éste. Hice un cuenco con las manos para levantar un poco de agua y mojar los labios, pero no era líquida, era una nebulosa de gelatina, que se impulsaba como una medusa y me quedó pegada en los dedos. Quemaba aquella rara sustancia y no pude quitármela, hasta ver  que me brotaba sangre. El flujo carmín de mis venas pudo lavarme, pero el ardor quedó por un largo rato. La sed empezó a hacer estragos y las gotas de sudor que me caían de la frente, espesas y salobres, eran lo único que mojaba mi boca, después de tan larga caminata.
En un claro, divisé una reunión de entidades. Me acerqué sigiloso, escudriñando en mi memoria los rostros para ver si conocía a alguien, y pude descubrir sólo a algunos, mientras que otros me eran extraños. Estaban: la pena, el dolor y  la angustia, en representación del desconsuelo; la soledad, el abandono y la miseria, en representación del olvido; la cobardía, la estupidez y la mentira, en representación de la locura y, en medio de ellos, los desconocidos. La asamblea estaba presidida por la pereza. Estaban urdiendo un plan para aniquilar a la esperanza; por eso no estaban presentes el desconsuelo, el olvido y la locura; porque habían salido a emboscarla.
Sin saber qué hacer para advertirle, porque no pude encontrarla, caí en un profundo desconsuelo. Angustiado quise volverme sobre mis pasos, pero había olvidado el camino. Con fuerza desgarradora grité su nombre sin que, ni el eco de mis propios gritos, volviera a mis oídos. Sentí que estaba al borde de la locura y, sin más, me sumergí en ella mordiéndome los labios. Como un perro rabioso, de ojos extraviados y espuma pestilente, retorné a mi cuerpo que se estaba enfriando, y lo hice saltar en espasmos casi incontrolables. El pobre, fatigado de soledad y abandono, creía que había muerto. Le prometí que nunca más cometería este tipo de atropello a su hospitalidad huesuda y que abandonaría por siempre las aventuras imposibles. Una vez formulado el pacto, sentí una larga y hueca carcajada que, montada sobre las últimas sombras de la noche, festejaba su triunfo.
Sobresaltado, me senté en la cama retorcido en llanto, y bebí un largo y sostenido trago de ese vino agrio y barato que siempre escondo debajo de la cama.
Sin darme cuenta, esa maldita noche había ayudado a matar a la esperanza. 



jueves, 29 de noviembre de 2012

El Escribiente



De niño, ni bien aprendí a leer y escribir, tuve un noble oficio: Escribir cartas para los vecinos “iletrados” que deseaban comunicarse con sus familiares lejanos.
Hoy cuesta mucho adaptar esta imagen a los tiempos que corren. El avance de la tecnología comunicacional ha sido tan vertiginoso, que evocar esta estampa de mediados del siglo XX parece algo irreal.
Yo vivía en una zona rural, bastante alejada de los centros poblados pero muy cerca de la vasta soledad del monte, donde las novedades siempre llegaban de segunda mano.
La historia más fresca es la de un vecino (el más cercano, a 3 kilómetros) que me convocaba, previa autorización de mis mayores, para escribirles cartas a sus hijos radicados en Bs. As.
En aquella oportunidad, muy temprano, llegué montado en mi burrito a la casa donde vivía el anciano. Me hizo pasar, me convidó algo que no recuerdo pero que no acepté, y me sentó a una pequeña mesa provisto de papel de carta, el sobre y la lapicera.
Acto seguido, comenzó  dictarme.
Como era (y es) de rigor, primero el lugar y la fecha, después el nombre del destinatario precedido del “señor” y a continuación el cuerpo de la carta:
“Querido hijo, ya es Diciembre y hace tanto tiempo que no recibo noticias tuyas…”
Luego vino un carraspeo, un acto de componer la garganta y salir al patio de la casa a toser con todas las ganas.
De manera imprevista, aunque simulando ser la hora conveniente, lo vi dirigirse a la pila de leña que tenía cerca del fogón y agregarle algunos palos al fuego; sentarse en cuquillas para “soplarlo” y luego regresar, con los ojos llenos de lágrimas.
Con el pañuelo en la mano, secándoselas, me aclaró:
– Me hizo llorar el humo…”
– “Léame lo que puso –me pidió como no recordando
– Querido hijo, ya es diciembre… - respondí yo
– Ahí nomás -repuso él- y agregó: Firma: tu padre.
Me hizo doblar la carta, ensobrarla y escribir la dirección en el sobre.

jueves, 23 de agosto de 2012

Prejuicios


La soleada avenida de ingreso al parque, se erigía a su vez como el portal de aquella villa asentada en las afueras de la ciudad bulliciosa. Hombres y mujeres de todas las edades pululan sin rumbo por sus callecitas sucias y polvorientas, como una marea oscura de identidades inciertas.
            A la noche, cuando la villa duerme albergando en sus cuchitriles a los desvalidos, la gran ciudad se convierte en un refugio de almas y desalmados que gruñen cada uno a su manera, buscando quedar satisfechos aboliendo la ley de los prejuicios.
            Sandra, atornillada a la barra del bar, espera. Sus ojos lucen todos los brillos que su alma no puede, y en sus manos, los largos guantes blancos disimulan los callos de la fajina diaria.
            –Servime un trago -le pide casi ordenando  al barman de brazos peludos como un oso de peluche y que le valieron el apelativo de “oso”.
            –Todavía no  -le dice- es temprano.
            –Pero si ya son las dos de la mañana  -replicó la dama.
            –Hoy es viernes de feriado largo, no está asegurada la clientela -dijo el barman.
            – ¡Que lo reparió!, no lo tuve en cuenta. No debería haber venido.
            –Esperá un poco, loca, no seas impaciente.
            –Es que no tengo un mango, y encima tengo los chicos un poco enfermos.
            Fueron pasando los minutos, cada vez más largos, y la noche fue apagando sus sones de a poco, como si se le estuvieran agotando las pilas.
            De los escasos clientes que desfilaron por el bar, algunos  arriesgaban sus monedas en el rincón de la timba, pero ninguno requirió sus servicios. Sandra, desilusionada, se arrancó con furia la peluca y se lavó la cara en la pileta del patio, en los fondos del tugurio, y volvió a su casa. Entró a hurtadillas para que nadie se despertara. Se puso la ropa de fajina y tomó unos mates antes de ir al mercado, a ver si podía estibar algo y traer aunque sea pan a su casa. Ahora era Ricardo.
            – ¿Qué haces guacho? -El saludo de rutina entre los estibadores.
            –Qué haces -fue la respuesta sacada a desgano.
            – ¡Eh! ¿Qué pasa?  -preguntaron a coro-, ¿No “comiste” nada anoche? -y estallaron  las carcajadas.
            –Váyanse a la mierda -fue su última respuesta y se cortó el diálogo.
            Ricardo llevaba una doble vida; todos lo sabían en el mercado, en el bar nocturno, en la villa, menos en su casa. Códigos de una vida dura que de tanto en tanto se reserva los detalles, para soltarlos cuando la ocasión sea más oportuna. Prejuicios y veneno de víbora se sirven en el mismo plato.
            Ricardo retuerce en silencio su historia: violado cuando niño, golpeado por su padrastro y ahora juntado por necesidad con una mujer que lo “banca” pero tiene hijos de otro.
            En el fondo, en esa simbiosis de personajes en litigio permanente,  Ricardo es -al mismo tiempo-   un hombre solo y una mujer desgarrada en el servil despojo de la carne. En la superficie, los bajos fondos son y serán siempre culpa de los otros.
            –La puta madre -blasfema el hombre-, cualquier día de estos me cago matando.
            “– ¿Ni un peso puedo llevar a mi casa, sin tener que humillarme?
            “– ¿A quien recurrir sin que tenga que ver gestos de desaprobación y escándalo?
            “–Ya se, al cura Roberto. Ese me parece gaucho, no podrá defraudarme.
            Fundó sus esperanzas en el último bastión que le quedaba, reducto de moral, al menos en apariencia, en medio de tanto fango. Llegó a la casa parroquial y tocó el timbre con un poco de miedo; “¿me escuchará el cura?” -interrogó a su propio silencio.
            La puerta se abre, un hombre fornido, cara de bonachón con parada de patovica, se para delante de él como infundiendo respeto.
            – ¿Ud. es el padre Roberto? -preguntó Ricardo decididamente.
            –Si -contestó el hombre- ¿Qué anda buscando?
            –Necesito hablar con Ud. Padre, es urgente.
            –Pase amigo -y acompañó con su brazo extendido la mirada que indicaba la puerta de su despacho.
            –Tome asiento y cuente, soy todo oídos.
            –Gracias padre, y disculpe mi aspecto, vengo de trabajar en el mercado de abasto y las papas me dejan medio negro y las cebollas un perfume no muy lindo  -acotó como para entrar en confianza.
            –No se preocupe amigo, hay cosas peores, se lo aseguro.
            –Bueno… mire, no sé como decirle, pero soy un travesti.
            – ¡A la puta! -se le escapó al cura el asombro en voz alta-, siga, siga, lo escucho.
            –Hace muchos años, cuando todavía era un niño, me violaba mi padrastro y me pegaba de antemano para que no cuente a nadie. Mi madre, de día lavaba ropa para afuera y de noche hacía platita trabajando en eso, que usted ya sabe. El la hacía trabajar y con la plata que ganaba compraba vino y cigarrillos, él no trabajaba.
            –“Yo me crié en ese ambiente, allá en la Villa, dónde todavía vivo. De chico nomás me quedé sin hermanos, porque murió uno que estaba enfermo no sé de qué, y mi hermana cuando tenía diez, la llevaron unos hombres en un auto. Mi mamá estaba contenta porque decía que había encontrado trabajo. Nunca más volví a verla. Así me crié, aunque siempre trabajé como burro; me junté con una mujercita que tiene tres hijos, ninguno mío, que cobra una pensión de su marido, porque es viuda.
            –“Yo hago changas en el mercado y los fines de semana me visto de mujer y “trabajo” en un bar nocturno. La única que no sabe es mi mujer y los chicos, después todo el mundo lo sabe.
            – ¡Mierda! ¡Qué historia! -dijo el cura que estaba pálido- ¿y en qué puedo ayudarte?
            –No quiero seguir con esta vida Padre, me duele en el alma, se lo juro que no es de mi agrado, sólo lo hago por necesidad y hasta por orgullo, si se quiere, porque no puede ser que una mujer me mantenga. Yo no soy como era mi padrastro.
            – ¿Cuantos años tenés, hijo?
            –Treinta.
            –Y pareces de cincuenta, pero todavía estás a tiempo de darle un flor de vuelco a tu vida -reflexionó el cura para darle ánimo-. Bueno, mirá, yo voy a darte un consejo: Contale a tu mujer, sin que estén presentes los niños; porque hay que sincerarse también con la gente que a uno lo rodea; estoy seguro que ella sabrá comprenderte. No tengas miedo, y no lo hagas más, prometete y prometele, y cuando se hayan calmado las cosas, vengan los dos a verme.
            Se abrió la puerta, y el grueso brazo del cura, pesado como una bolsa de papas,  le envolvió el cuello.
            –Hasta pronto, hijo, que Dios te bendiga y te acompañe. Voy a rezar por vos. Te lo prometo.
            En silencio, asintiendo sólo con la cabeza y después de unas palmaditas en la espalda, se alejó Ricardo con la vista clavada en el suelo.
            Llegó a la casita, con el verso estudiado de memoria. Esa misma noche le contaría a su mujer lo que había vivido durante el día. Era una emoción muy fuerte como para mantenerla por mucho tiempo; además se enfriaría.
            Cuando abrió la puerta, silencio de tumba. No había nadie. Buscó en el fondo y luego salió a la vereda a mirar si andaba por ahí alguno de los chicos, pero nada. Volvió al cuarto y se le dio por mirar en el ropero, para ver si se habían puesto la mejor ropa o andaban de entre casa. Grande fue la sorpresa cuando vio que estaba vacío; ni ropa, ni zapatillas, sólo un envoltorio en papel de diario que se aprestó a abrirlo rápidamente. Allí estaban su peluca, la maxifalda, los guantes blancos, la bijouterie y los maquillajes que producían a Sandra en el bar nocturno.
            – ¿Quién carajo será el hijo de puta…  -soltó su pregunta como un escupitajo de furia. Salió al patio y con la cara entre las manos, lloró amargamente su infortunio.
            Pensó en el oso, en Eugenia -la mucama-, en el Patrón, aunque eso era imposible, y también en alguna vecina mal parida de la villa; pero ninguno le cerraba.
            “– ¿Quién trajo todo esto? 
            Y con la duda y la bronca anudadas en la garganta, se fue al bar a buscar explicaciones. Cuando llegó, sus ojos quedaron fijos, duros como platos  en la faja que cruzaba la puerta con la leyenda “Clausurado”.
            Se sentó en el cordón de la vereda, desahuciado, sin encontrarle una vuelta a su caso. Al cabo de algunos largos minutos, tal vez una hora, se levantó y salió sin rumbo. Era una entelequia vacía que caminaba sobre unas piernas tambaleantes.
            El nuevo día lo sorprendió en un hospital, con dos policías de custodia a la par de la cama. Los brazos y el cuello vendado y una sucesión de frascos de sangre que procuraban devolver por sus venas el hálito de vida que se le escapaba.
            Su ficha personal registraba “NN” en la casilla de Apellido y Nombre, “Intento de suicidio” la carátula del expediente en trámite, y “pobre infeliz” en la conciencia colectiva de los que juzgan las miserias humanas como si ellos fueran de otro mundo.