Aclaración

Algunos relatos son adaptaciones de sucesos de la vida real. El nombre de los personajes y los sitios donde ocurrieron han sido cambiados; mientras que otros son pura creación, por lo que cualquier similitud con la realidad y sus protagonistas es sólo una simple coincidencia. Los nombres usados no hacen referencia a ninguna persona de existencia real en particular, y sus homónimos son totalmente ajenos a la historia que se cuenta.
Las ilustraciones han sido tomadas de la web y pertenecen, en algunos casos, a muralistas y otros son cuadros de Ernest Desclaz.

jueves, 23 de agosto de 2012

Prejuicios



La soleada avenida de ingreso al parque, se erigía a su vez como el portal de aquella villa asentada en las afueras de la ciudad bulliciosa. Hombres y mujeres de todas las edades pululan sin rumbo por sus callecitas sucias y polvorientas, como una marea oscura de identidades inciertas.
            A la noche, cuando la villa duerme albergando en sus cuchitriles a los desvalidos, la gran ciudad se convierte en un refugio de almas y desalmados que gruñen cada uno a su manera, buscando quedar satisfechos aboliendo la ley de los prejuicios.
            Sandra, atornillada a la barra del bar, espera. Sus ojos lucen todos los brillos que su alma no puede, y en sus manos, los largos guantes blancos disimulan los callos de la fajina diaria.
            –Servime un trago -le pide casi ordenando  al barman de brazos peludos como un oso de peluche y que le valieron el apelativo de “oso”.
            –Todavía no  -le dice- es temprano.
            –Pero si ya son las dos de la mañana  -replicó la dama.
            –Hoy es viernes de feriado largo, no está asegurada la clientela -dijo el barman.
            – ¡Que lo reparió!, no lo tuve en cuenta. No debería haber venido.
            –Esperá un poco, loca, no seas impaciente.
            –Es que no tengo un mango, y encima tengo los chicos un poco enfermos.
            Fueron pasando los minutos, cada vez más largos, y la noche fue apagando sus sones de a poco, como si se le estuvieran agotando las pilas.
            De los escasos clientes que desfilaron por el bar, algunos  arriesgaban sus monedas en el rincón de la timba, pero ninguno requirió sus servicios. Sandra, desilusionada, se arrancó con furia la peluca y se lavó la cara en la pileta del patio, en los fondos del tugurio, y volvió a su casa. Entró a hurtadillas para que nadie se despertara. Se puso la ropa de fajina y tomó unos mates antes de ir al mercado, a ver si podía estibar algo y traer aunque sea pan a su casa. Ahora era Ricardo.
            – ¿Qué haces guacho? -El saludo de rutina entre los estibadores.
            –Qué haces -fue la respuesta sacada a desgano.
            – ¡Eh! ¿Qué pasa?  -preguntaron a coro-, ¿No “comiste” nada anoche? -y estallaron  las carcajadas.
            –Váyanse a la mierda -fue su última respuesta y se cortó el diálogo.
            Ricardo llevaba una doble vida; todos lo sabían en el mercado, en el bar nocturno, en la villa, menos en su casa. Códigos de una vida dura que de tanto en tanto se reserva los detalles, para soltarlos cuando la ocasión sea más oportuna. Prejuicios y veneno de víbora se sirven en el mismo plato.
            Ricardo retuerce en silencio su historia: violado cuando niño, golpeado por su padrastro y ahora juntado por necesidad con una mujer que lo “banca” pero tiene hijos de otro.
            En el fondo, en esa simbiosis de personajes en litigio permanente,  Ricardo es -al mismo tiempo-   un hombre solo y una mujer desgarrada en el servil despojo de la carne. En la superficie, los bajos fondos son y serán siempre culpa de los otros.
            –La puta madre -blasfema el hombre-, cualquier día de estos me cago matando.
            “– ¿Ni un peso puedo llevar a mi casa, sin tener que humillarme?
            “– ¿A quien recurrir sin que tenga que ver gestos de desaprobación y escándalo?
            “–Ya se, al cura Roberto. Ese me parece gaucho, no podrá defraudarme.
            Fundó sus esperanzas en el último bastión que le quedaba, reducto de moral, al menos en apariencia, en medio de tanto fango. Llegó a la casa parroquial y tocó el timbre con un poco de miedo; “¿me escuchará el cura?” -interrogó a su propio silencio.
            La puerta se abre, un hombre fornido, cara de bonachón con parada de patovica, se para delante de él como infundiendo respeto.
            – ¿Ud. es el padre Roberto? -preguntó Ricardo decididamente.
            –Si -contestó el hombre- ¿Qué anda buscando?
            –Necesito hablar con Ud. Padre, es urgente.
            –Pase amigo -y acompañó con su brazo extendido la mirada que indicaba la puerta de su despacho.
            –Tome asiento y cuente, soy todo oídos.
            –Gracias padre, y disculpe mi aspecto, vengo de trabajar en el mercado de abasto y las papas me dejan medio negro y las cebollas un perfume no muy lindo  -acotó como para entrar en confianza.
            –No se preocupe amigo, hay cosas peores, se lo aseguro.
            –Bueno… mire, no sé como decirle, pero soy un travesti.
            – ¡A la puta! -se le escapó al cura el asombro en voz alta-, siga, siga, lo escucho.
            –Hace muchos años, cuando todavía era un niño, me violaba mi padrastro y me pegaba de antemano para que no cuente a nadie. Mi madre, de día lavaba ropa para afuera y de noche hacía platita trabajando en eso, que usted ya sabe. El la hacía trabajar y con la plata que ganaba compraba vino y cigarrillos, él no trabajaba.
            –“Yo me crié en ese ambiente, allá en la Villa, dónde todavía vivo. De chico nomás me quedé sin hermanos, porque murió uno que estaba enfermo no sé de qué, y mi hermana cuando tenía diez, la llevaron unos hombres en un auto. Mi mamá estaba contenta porque decía que había encontrado trabajo. Nunca más volví a verla. Así me crié, aunque siempre trabajé como burro; me junté con una mujercita que tiene tres hijos, ninguno mío, que cobra una pensión de su marido, porque es viuda.
            –“Yo hago changas en el mercado y los fines de semana me visto de mujer y “trabajo” en un bar nocturno. La única que no sabe es mi mujer y los chicos, después todo el mundo lo sabe.
            – ¡Mierda! ¡Qué historia! -dijo el cura que estaba pálido- ¿y en qué puedo ayudarte?
            –No quiero seguir con esta vida Padre, me duele en el alma, se lo juro que no es de mi agrado, sólo lo hago por necesidad y hasta por orgullo, si se quiere, porque no puede ser que una mujer me mantenga. Yo no soy como era mi padrastro.
            – ¿Cuantos años tenés, hijo?
            –Treinta.
            –Y pareces de cincuenta, pero todavía estás a tiempo de darle un flor de vuelco a tu vida -reflexionó el cura para darle ánimo-. Bueno, mirá, yo voy a darte un consejo: Contale a tu mujer, sin que estén presentes los niños; porque hay que sincerarse también con la gente que a uno lo rodea; estoy seguro que ella sabrá comprenderte. No tengas miedo, y no lo hagas más, prometete y prometele, y cuando se hayan calmado las cosas, vengan los dos a verme.
            Se abrió la puerta, y el grueso brazo del cura, pesado como una bolsa de papas,  le envolvió el cuello.
            –Hasta pronto, hijo, que Dios te bendiga y te acompañe. Voy a rezar por vos. Te lo prometo.
            En silencio, asintiendo sólo con la cabeza y después de unas palmaditas en la espalda, se alejó Ricardo con la vista clavada en el suelo.
            Llegó a la casita, con el verso estudiado de memoria. Esa misma noche le contaría a su mujer lo que había vivido durante el día. Era una emoción muy fuerte como para mantenerla por mucho tiempo; además se enfriaría.
            Cuando abrió la puerta, silencio de tumba. No había nadie. Buscó en el fondo y luego salió a la vereda a mirar si andaba por ahí alguno de los chicos, pero nada. Volvió al cuarto y se le dio por mirar en el ropero, para ver si se habían puesto la mejor ropa o andaban de entre casa. Grande fue la sorpresa cuando vio que estaba vacío; ni ropa, ni zapatillas, sólo un envoltorio en papel de diario que se aprestó a abrirlo rápidamente. Allí estaban su peluca, la maxifalda, los guantes blancos, la bijouterie y los maquillajes que producían a Sandra en el bar nocturno.
            – ¿Quién carajo será el hijo de puta…  -soltó su pregunta como un escupitajo de furia. Salió al patio y con la cara entre las manos, lloró amargamente su infortunio.
            Pensó en el oso, en Eugenia -la mucama-, en el Patrón, aunque eso era imposible, y también en alguna vecina mal parida de la villa; pero ninguno le cerraba.
            “– ¿Quién trajo todo esto? 
            Y con la duda y la bronca anudadas en la garganta, se fue al bar a buscar explicaciones. Cuando llegó, sus ojos quedaron fijos, duros como platos  en la faja que cruzaba la puerta con la leyenda “Clausurado”.
            Se sentó en el cordón de la vereda, desahuciado, sin encontrarle una vuelta a su caso. Al cabo de algunos largos minutos, tal vez una hora, se levantó y salió sin rumbo. Era una entelequia vacía que caminaba sobre unas piernas tambaleantes.
            El nuevo día lo sorprendió en un hospital, con dos policías de custodia a la par de la cama. Los brazos y el cuello vendado y una sucesión de frascos de sangre que procuraban devolver por sus venas el hálito de vida que se le escapaba.
            Su ficha personal registraba “NN” en la casilla de Apellido y Nombre, “Intento de suicidio” la carátula del expediente en trámite, y “pobre infeliz” en la conciencia colectiva de los que juzgan las miserias humanas como si ellos fueran de otro mundo.

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